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POBREZA EN EL ECUADOR

enero 13, 2010

Un nuevo estudio sobre la pobreza y extrema pobreza en el Ecuador ha confirmado que estos fenómenos son parte de la estructura socioeconómica que vive nuestro país. La extrema pobreza o indigencia, que es la imposibilidad de satisfacer aun las mínimas necesidades de supervivencia, comenzó a ser medida hace más de diez años, cuando se determinó que el 4.3% de la población vivía en condiciones infrahumanas. Una década después, a fuerza de no lograr ocultar la realidad, han debido aceptar que la indigencia es un problema estructural de la economía ecuatoriana, toda vez que después de aplicar multitud de “políticas” para enfrentar este problema, la indigencia se ha incrementado al 7.6% de la población.

 

Es importante anotar que uno de los argumentos para aplicar la dolarización fue justamente la lucha contra la pobreza, pero lo que refleja este estudio, realizado por el INEC, es que después de aquellas fatídicas medidas del salvataje bancario y posterior dolarización, el país se empobreció más para luego, a finales del 2003 en adelante, entrar en una etapa de estabilización en los altos niveles del 41.5% de pobreza y 7.6% de indigencia. A esto es indispensable añadir que la migración masiva y sus remesas impidieron que estos índices crezcan, pero no han logrado reducir la pobreza, pues, sus efectos no son estructurales como son las medidas que se requieren para solucionar esta problemática.

Según ese estudio, al 2004 el ingreso por persona de un hogar indigente es de $55.6 al mes, mientras que para un hogar pobre esa cifra es de $21 adicionales, en tanto que el promedio para personas de hogares que no son pobres es de $221.

El hogar promedio ecuatoriano está conformado por 4.2 personas, un hogar pobre lo está por 5.1 personas, pero los hogares indigentes están constituidos por 5.6 personas, lo cual agrava las condiciones de supervivencia, pero de ninguna manera explica las condiciones infrahumanas de vida, como muchos analistas burgueses pretenden hacerlo. En esas condiciones, el ingreso total de un hogar indigente no supera los $255 al mes. Solamente el 54% de los hogares indigentes y el 41% de los hogares pobres reciben los $11 mensuales del bono de la miseria, lo cual confirma el escaso impacto, tanto en la cantidad, como en la cobertura de este programa del que tanto se ufanan los sucesivos gobiernos.

Las remesas no llegan a los indigentes Para todos es conocido el impacto que tienen en la economía ecuatoriana los recursos que envían los migrantes, sin embargo, a los indigentes no les ha llegado en función de sus enormes necesidades. Apenas el 5.4% de ellos reciben recursos del exterior. En el caso de los hogares pobres la situación no es diferente, solo el 8% de ellos reciben dinero de sus familiares que trabajan en otros países.

La migración en la zona austral ha sido masiva, su impacto se confirma con el nivel de indigencia en la ciudad de Cuenca que se ubica en el 1.9%, muy inferior a la media nacional. Muestra del esfuerzo que hacen los ecuatorianos para luchar contra la pobreza e indigencia, frente a la indiferencia del gobierno.

Los pobres no son vagos Un prejuicio difundido en nuestro medio dice que “los pobres no tienen plata por vagos, no por falta de trabajo”. Los datos encontrados por este estudio son muy decidores para echar abajo ese prejuicio. Mientras el índice de desocupación general supera el 12%, a nivel nacional tan solo el 8% de los jefes de hogares indigentes están desocupados, los demás están ocupados, pero obtienen bajos ingresos. Consecuentemente, los pobres son esforzados, lo que hace falta es empleo y buenas remuneraciones.

Por último, en este estudio la pobreza objetiva es definida como “la ausencia de recursos monetarios para adquirir una canasta de consumo mínimo aceptada socialmente.”, lo cual relega a segundo plano las necesidades biológicas que son fundamentales en el caso de la alimentación, principal rubro en el cual se gastan los recursos de los hogares pobres e indigentes. Esto tendría como objetivo político reducir la calidad de la canasta básica y de la miseria y consecuentemente el precio de las mismas y, de esa manera, justificar los bajos salarios.